¡Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz, que los
cumplas querida Nuria que los cumplas feeeliiizzz!...
Sople con fuerza la vela y empezó mi noche.
Todos a mi alrededor sonreían burdamente, yo me vi
sonriéndoles también, el ahogo por huir se hacia cada vez más intenso. Cerré
mis ojos. Escuché mis pasos yéndose por la escalera, me saqué la ropa y corrí
desnuda por el parque, me metí en el rio, estaba frío y tenso, me recibió con
dulzura, me acurrucó unas horas. Floté y nadé sintiéndome otra, permanecí allí,
sosteniendo mi respiración, siendo.
Salí del agua y caminé
descalza dirigiéndome al bosque, escuché las hojas crujir debajo de mis pies,
sentí los arboles susurrar por sobre mi cabeza. La noche se volvió divina, las
estrellas brillaron como nuevas, la luna vestía de seda y me miraba con sus
ojos de gata, sabiendo que yo la
prefería a ella como mi cueva.
Ahí dormí unos sueños que me hicieron despertar temprano,
todavía estaba oscuro y mis ojos reposaban en la copa de los árboles que
parecían amarse los unos a los otros, y estar en constante beso. El sonido de
sus hojas moverse ahí arriba se parecía al cuchicheo de dos o varios amantes. No
quise moverme, ni por un instante. Mis dedos empezaban a acostumbrarse a la
humedad del rocío, mi pecho disfrutaba respirar ese aire lleno de misterio y
aroma a menta. Empezaba a sentir la felicidad buscándome, y yo dejándome
encontrar.
Seguía sola, en constante diálogo conmigo misma, escuchándome
todo lo que tenía para decirme.
Me asomé al río nuevamente, dejando atrás el bosque mullido,
y ví en ese reflejo una feliz sonrisa, una sonrisa entera, una sonrisa sin
culpa.
De pronto un golpe inundó por completo mis sentidos. Se
escuchó tan fuerte como si viniera de adentro mío.
Abrí los ojos… el tío Jorge jugaba con un globo y había
explotado débilmente. Estaba de nuevo allí, rodeada de otros, de abrazos partidos,
de besos sin sal. Sentí caer de nuevo en el abismo diario. Sonreí inútilmente
con ellos y lloré conmigo misma.
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