martes, 21 de agosto de 2012

DOLOR


Duelen las gotas cuando caen, cuando se me salen de los ojos,  como duele un yunque o un martillo explotando en mi cabeza, cada vez que quiero salir de aquí y no puedo. Duelen entonces los gritos de auxilio en silencio, porque no puedo llamarte, porque no estaría bien hacerlo. Duele cada vez más la ausencia, la calma, el vacío. Lloran las lágrimas cuando se ven explotarse con el suelo, temible superficie de acero frío, que tiembla cuando ve que las gotas le caen, que le duele el rocío, que le duele la pena.
Duelen los versos que escribiste, pero más duele las cosas que no dijiste en ellos. Duele tanto el sentido,  que ya solo quisiera  permanecer de espaldas a todos, que contemplen mi nuca, no dirigirles más la palabra, que no sepan mi llanto, que no vean mi mirada. Duele para que sepamos que tenemos limites, que ya no somos libres, que ya no vamos a serlo. Duele para que conozcamos el fondo del tarro, tus curvas, mis líneas. Duele tan absurdo que vas a querer romperte, duele tan hondo que no vas a poder respirar. ¿Cuánto más podemos desangrarnos?, ¿cuánto más pueden destruirse los tejidos por dentro?, ¿cuánto más pueden ahuecarse las pupilas?. Duele verte en la mañana, todavía dormido, sin preocuparte por el día que nos espera, pisoteando baldosas desparejas, sentándonos en bancos vacíos. Otro día corriendo el tiempo para que no sea tanta la espera, pretendiendo ser otros, jugando a ser los mismos. Otro día escapando de las cosas que en verdad nos importan, aferrándonos a lo que ya no sentimos. Incluso mas que todo esto, duelen tus ojos cuando se abren, cuando miran sin decirme nada, cuando encuentro en ellos el silencio. 





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DE DONDE VENGO

Vengo del fuego vespertino de la madrugada 
que se comporta absolutamente inoportuna, sobre todo los sábados. 
Donde el aire sopla fuerte y tiene olor a madera. 
Vengo del arroyo de agua seca, de piedras amontonadas, 
de poca lluvia, donde las nubes se acomodan suavemente 
para entretener la mirada formando florecitas y peces imaginarios. 
Vengo de pisar piso de tierra, de armar la casa, de contar la espera.  
De una ciudad con alma de pueblo,  de acostarme en el pasto, 
de mirar para arriba, de cocinar tardes enteras,
 esperando que las galletas de limón que hago se parezcan a las de mi abuela, 
pero no… no se acercan ni un poco.
Vengo de escuchar el silencio, el zumbar de la montaña, el caer de la tarde,
 el crujir de las hojas secas que quedan en el borde de la escalera. 
Vengo de andar descalza, de pasar la noche,
 de reírme hasta que me duela la panza, de aguantar la respiración, 
de contar los días del mes con los nudillos, 
de hacer cuentas, de dar vueltas, de dejar de fumar.

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