Duelen las gotas cuando caen,
cuando se me salen de los ojos, como
duele un yunque o un martillo explotando en mi cabeza, cada vez que quiero
salir de aquí y no puedo. Duelen entonces los gritos de auxilio en silencio,
porque no puedo llamarte, porque no estaría bien hacerlo. Duele cada vez más la
ausencia, la calma, el vacío. Lloran las lágrimas cuando se ven explotarse con
el suelo, temible superficie de acero frío, que tiembla cuando ve que las gotas
le caen, que le duele el rocío, que le duele la pena.
Duelen los versos que escribiste,
pero más duele las cosas que no dijiste en ellos. Duele tanto el sentido, que ya solo quisiera permanecer de espaldas a todos, que contemplen
mi nuca, no dirigirles más la palabra, que no sepan mi llanto, que no vean mi
mirada. Duele para que sepamos que tenemos limites, que ya no somos libres, que
ya no vamos a serlo. Duele para que conozcamos el fondo del tarro, tus curvas,
mis líneas. Duele tan absurdo que vas a querer romperte, duele tan hondo que no
vas a poder respirar. ¿Cuánto más podemos desangrarnos?, ¿cuánto más pueden
destruirse los tejidos por dentro?, ¿cuánto más pueden ahuecarse las pupilas?. Duele
verte en la mañana, todavía dormido, sin preocuparte por el día que nos espera,
pisoteando baldosas desparejas, sentándonos en bancos vacíos. Otro día corriendo
el tiempo para que no sea tanta la espera, pretendiendo ser otros, jugando a
ser los mismos. Otro día escapando de las cosas que en verdad nos importan,
aferrándonos a lo que ya no sentimos. Incluso mas que todo esto, duelen tus
ojos cuando se abren, cuando miran sin decirme nada, cuando encuentro en ellos
el silencio.
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