Vengo del fuego vespertino de la
madrugada
que se comporta absolutamente inoportuna, sobre todo los
sábados.
Donde el aire sopla fuerte y tiene
olor a madera.
Vengo del arroyo de agua seca, de piedras amontonadas,
de poca
lluvia, donde las nubes se acomodan suavemente
para entretener la mirada formando florecitas y peces imaginarios.
Vengo de pisar piso de tierra, de
armar la casa, de contar la espera.
De
una ciudad con alma de pueblo, de acostarme en el
pasto,
de mirar para arriba, de cocinar tardes enteras,
esperando que las
galletas de limón que hago se parezcan a las de mi abuela,
pero no… no se
acercan ni un poco.
Vengo de escuchar el silencio, el zumbar
de la montaña, el caer de la tarde,
el crujir de las hojas secas que quedan en
el borde de la escalera.
Vengo de andar descalza, de pasar la noche,
de reírme
hasta que me duela la panza, de aguantar la respiración,
de contar los días del
mes con los nudillos,
de hacer cuentas, de dar vueltas, de dejar de fumar.
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