La razón del dominio que tenemos el uno para con el otro
radica en nuestros cuerpos, en la manera que tenemos de rozarnos cuando caminamos
suave el uno cerca del otro. El sentido atractivo se oculta en la mirada felina
que nos enviamos sugerentemente, deseando descifrarnos sin conocernos todavía.
Mis manos agudizan su virtud del tacto y se preparan para el festín
de tus cabellos, donde les encanta permanecer y enroscarse dulcemente, y
desenroscarse sumisamente. Mis dedos entonces se vuelven pájaros que
sobrevuelan tus ideas, se vuelven parte de tus sueños, los poseen.
Mi boca, rota de extrañarte, deseando encontrarse con la
tuya, roja y amarilla, algo silenciosa pero ardiente, te llama de a ratos
pausadamente, para ver si apuras el paso, si terminas con mi espera. Tus pies,
acercándose de a poco la cama, sabiendo que van a enroscarse con los míos,
jugando a desconocerse, una y otra vez.
Tu cuerpo y mi cuerpo explotándose, entendiéndose, leyéndose
como la vez primera, ahogándose el uno adentro del otro, decidiendo donde
detenerse, confundiendo sus limites. Mi cuerpo y el tuyo desvistiéndose la
piel, jugando a ser eternos, acalambrándose. Nosotros lidiando con el reloj,
para que no apure su paso, para que nos de un poco mas de aire, para
respirarnos, para alimentar la habitación de recuerdos, para derramarnos sin
aliento uno encima del otro.
Saber que no hemos dado ni siquiera respiro a la cordura, es
lo que me estremece cuando te reinvento en mi memoria, saber que mas allá de tu
nombre y el mío, podemos detectarnos en la muchedumbre y escaparnos a
querernos, no importa el espacio, no importa el momento, el asunto radica en disolvernos, consumirnos, transparentar nuestros cuerpos,
volvernos eternos al poseernos.
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