domingo, 10 de noviembre de 2013

Hola Lola

Hola Lola,

por allá debe ser un poco tarde. Aquí el otoño abraza, y el domingo aprieta el corazón.
Quiero escucharte, extraño cómo sonaba tu voz. Quiero abrazarte también, extraño tu espalda.

Esto podría ser Barcelona, o Kiev, o Roma, da igual. El té que pedí que me trajeran al cuarto está frío. Ya sabes lo mal que le hace a mi humor que el té llegue frío. ¿Es tan difícil servirlo inmediatamente después de que el agua está lista? No puede enfriarse desde una cocina hasta una habitación, tú lo sabes.

Tú sabes cosas de mí, que ni yo sé. Como el día que me dijiste lo mucho que me gustaban esos biscochos de crema moka, y yo no me había dado cuenta. O como esa mañana donde me hiciste saber lo mucho que me gustaban tus piernas.

Pasaron doce días desde la última vez que hablamos por teléfono, a la vez anterior habían sido siete, y antes cuatro. Será que la distancia nos diluye, nos desarma, nos distorsiona.

La maleta que traje ya está casi vacía. Fui dejando cosas que ya no utilizaba. Deje algo de ropa en Hamburgo, el invierno no era tan duro como pensaba. Dejé mis botas en Milán, no estaban siendo útiles, se las regalé a un señor que me dijo que le gustaban. Tus libros se los di a Rosa, la señora que cuidaba los niños de Paco en Madrid, estaba agradecida y te mando un fuerte abrazo.

Probé ese café que me decías, sabía a arena y barro, rústico sin duda pero nada especial, no sé que te gusto de eso.

¿Cómo estas? ¿Cómo es el nuevo departamento? ¿Tiene ventanas?

Los días son largos y anchos, cuesta atravesarlos. Una sopa caliente en la noche ayuda a olvidar.

¿Qué nos está pasando? ¿Estámos dejándonos? ¿Por qué no puedo armar tu figura cuando aprieto los ojos? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario