Amo a mi papá porque es valiente, porque se enfrenta a diario con el mundo entero para que yo no tenga que verlo tan de cerca.
Amo a mi papá porque sueña cada noche, pero lo amo más porque sueña cada día, porque pelea por sus deseos hasta hacerlos realidad, los amasa, los disfruta, llenándo de vida a quienes lo rodeamos.
Amo a mi papá porque es grande, y no hablo de edad ni de tamaño, hablo de “grandeza”, y ese estado se alcanza después de haber saltado algunos baches, después de haber dormido incómodo y de perder la cabeza intentando resolver problemas.
Después de haberse equivocado y con el corazón en la mano: aceptarlo, después de haber podido mirar hacia atrás y perdonar… y perdonarse.
Es grande porque se cuestiona a sí mismo, casi a diario.
Es grande porque se pone a prueba y a veces pierde, y aún así gana la certeza de estar vivo y poder cambiar.
Es grande porque adentro, bien adentro de su mirada sabe a dónde va.
Es inmenso porque cree en quién es, mas allá de quién sea.
Es grande porque sabe amar, y deja que lo amen.
Amo a mi papá porque es mi papá, pero sobre todo porque lo es de una manera maravillosa.
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